Muy interesante el caso del diseñador Max Enrich, que vive en un piso de 45m2 con su pareja y su perro, rodeado de muebles autodiseñados. Nos atrapa con las imágenes de sus trabajos, ya que sabe combinar lo rudo y la delicadeza en dosis justas. ¿Qué habrá en la cabeza de este joven diseñador asentado en Barcelona?. Opina que el diseño de objetos o mobiliario nace de la necesidad de satisfacer o facilitar la vida cotidiana. El mueble, desde un punto de vista tradicional, ha de servir para algo – al menos por eso se diseñó. Le interesa más qué aspecto tiene ese objeto, cómo se porta con los de su entorno y el uso que se espera de él. En su casa hay mesas que no soportan nada, ceniceros que no se usan o tijeras que nunca van a cortar algo. Están ahí sencillamente por lo bonitos que son. Y eso para él también es una función. Igual que tienes una foto o un cuadro por el simple hecho de ‘hacer bonito’, puedes tener un objeto. ‘Hacer bonito’ es una función más que válida para un producto, piensa Enrich.

A veces se sienta en su silla Patio, una pieza de hierro con asiento de rejilla pintada en un furioso rosa chicle, y solo lamenta una cosa: que no sea un poco más incómoda. “Cuando la hice, me la imaginaba en un patio francés. Sirve para sentarte, fumarte un pitillo y tomarte un Martini. Cuando te acabas el Martini, te tienes que levantar”. Si un restaurante le pidiese un par de docenas de Patios para su terraza, le diría que no, porque no es funcional. Y si un cliente se la reclamase en negro, también se negaría. “Al final creo que, cuando se lo explico, lo entienden, que no piensan que soy un gilipollas prepotente”, cuenta el diseñador.

Como tantos otros diseñadores, dejó colgada la carrera de Arquitectura cuando se dio cuenta de que él lo que quería era hacer salones, incluido lo que va dentro, y estudió en la escuela Eina, donde tampoco conectó del todo con sus compañeros de aula. El barcelonés se inscribe en una línea de la historia del diseño que él llama “la de los tarados”. Los que tiraron por el camino difícil y que, entre un material caro y sensual y otro que se lavara bien, siempre optaron por el primero. Esa extirpe también está representada en su casa, en la silla Gaulino de Tusquets, en la First Chair de Michele de Lucchi, en el suelo azul pastel –tuvo que jurarle al contratista que sí, que lo quería así– y en el amarillo huevo de la estantería de obra que articula todo el salón.

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